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domingo, 6 de marzo de 2011

La Mala Educación

La Mala Educación
por Florencia La Rosa

Los antiguos griegos ya se preguntaban si el ser humano nace malo o se hace. Dos mil quinientos años después, una teoría ha resultado predominantemente ganadora: el hombre (como género, válgale la aclaración a algunas nuevas feministas por ahí) es malo por naturaleza. Desde que utiliza por primera vez sus pulmones. Desde que sus ojos se ciegan de luz artificial. Desde que el constante contacto con el cuerpo materno se transforma en un vacío inmenso y terrorífico. El hombre (y aunque aquí sí se podría realizar el chiste de que esta vez se trata específicamente del sexo masculino, no lo voy a realizar) es malo. Y punto.
¿Solución? Madres primerizas, tomen nota. Dos puntos.
Si su bebé llora, déjelo llorar. No importa si a usted se le parte el alma al medio. Menos, si se siente culpable. Son sólo tonterías instintivas del alma femenina. Deséchelas por completo y préstele atención a la sabia voz de la ciencia. Repito. Dos puntos. Mayúscula. Déjelo llorar. Porque ese pequeño ser de tres meses le está “tomando el tiempo”. Su cerebro de ochocientos gramos planea estrategias para dominarla en todo momento. Ese bebé de, más menos, cinco kilogramos de peso, conoce a la perfección el doble discurso y le encanta burlarse de usted haciéndole creer que le duele algo, cuando en realidad se aburrió de sus tontos juguetes para bebés de cinco kilogramos de peso. Ese cachorro de alrededor de 60 centímetros de largo, teje maquiavélicas formas de acercarse a usted y reclamarle su tiempo, cuando en realidad es sabido que las tareas domésticas y el trabajo diario requieren de una gran parte de su atención. Esa cría, cuyo perímetro cefálico es de 40 centímetros, se rebela ante los horarios correspondientes de cada comida y, como un glotón anarquista, demanda tomar el pecho antes de cada tres horas (las recomendadas por su pediatra), y hasta desea quedarse más de los cinco a diez minutos estipulados de succión en cada una de sus mamas. ¡No lo permita! Repito. Dos puntos. Mayúscula. Signo de exclamación. ¡No lo permita! ¿Dónde se ha visto semejante osadía? ¿O acaso usted en sus, digamos 30 años de vida, más menos un metro sesenta de altura, cincuenta kilogramos de peso, y un cerebro de un kilogramo, come cada vez que quiere? ¿O cada vez que tiene hambre? ¿Durante más de veinte minutos?
Y ni hablar del tema de “querer estar a upa”. Intente tenerlo encima lo menos posible, así aprende desde el vamos a estar un poco solo y a valerse por sí mismo. Como usted, que al ser criada de la misma forma, no necesita de nadie y pide poco. Y por favor, no crea eso de que el enorme espacio que lo circunda lo aterra; que el no saber donde se encuentra usted le da miedo; que los ruidos son fuertes y desconocidos; o que necesita cariño constante. Esas son falacias de los débiles románticos contemporáneos. En realidad, el demandante enano quiere ser atendido debido a un enorme ego, propio del ser humano al nacer. Ese ego debe ser apaciguado por usted para formar un hombre (no vamos a repetir lo del asunto del género ya que sería sumamente obvio) sumiso y obedecedor del orden establecido. El bebé humano es un ser narcisista que sólo quiere que le presten atención porque se ama tanto a sí mismo que no soporta que nadie lo mire. ¿O acaso usted anda pidiendo abrazos y besos todo el tiempo? Y bien entiende cuando, en su defecto los pide, le dicen que no. Seguramente su marido, amigo, padre, o hermano, tendrá menesteres muy importantes de los que ocuparse, como para estar acariciándola a usted a cada rato.
Le pido por favor entonces que haga un esfuerzo y deje su animalidad a un lado, ya que es sólo eso: animalidad. Por más que quiera tener a su cría todo el tiempo con usted, darle de mamar cada vez que quiera durante el tiempo que quiera, dormir junto a él, y besarlo sin parar, ¡absténgase! Repito. Dos puntos. Mayúscula. Signo de exclamación. Subrayado. ¡Absténgase! Civilícese y deje morir de a poco a esa leona que hay en usted. Son solo restos de reflejos arcaicos que con el tiempo irán desapareciendo para mejorar la especie.
De esta manera, esté usted segura que educará a personas que serán los líderes del mañana. Que harán del mundo un lugar tan maravilloso para vivir como el que usted y nosotros estamos haciendo. Así, se preserva la especie. La especie humana. Mala por naturaleza, buena por educación. Menos mal, señora, que tenemos cultura.

jueves, 18 de junio de 2009

¿Qué siente un bebé?

http://www.kangurito.com.ar/mailing/junio2009.htm

El plano psicológico y emocional: Aterrizaje en un planeta sin sentido.
Extracto del libro "101 Maneras de Calmar a un Bebé" -Por Marcela Osa

Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, afirmó que la primera angustia del ser humano es la del nacimiento, un episodio que, por si fuera poco, se transforma en el molde para toda angustia posterior. Siguiendo sus pisadas a través del laberinto de la mente humana, el pediatra y psicoanalista Donald Winnicot logró convertirse en un clásico en el estudio de la psicología de los bebés. Durante cuarenta años, Winnicot se abocó a la observación de bebés y madres en un hospital público de Londres, y sus textos ponen de relieve una cuestión fundamental y aterradora: los bebés se angustian porque sienten que están todo el tiempo al borde de la muerte. Y no es una metáfora. A diferencia de otros seres vivos, el ser humano no nace preparado para sobrevivir por sí mismo. La distancia entre lo que necesitamos al nacer, y las herramientas que tenemos para conseguirlo, es gigante. Winnicott no se refiere sólo a una muerte física (por inanición, accidentes, o congelamiento), sino también a la posibilidad de una muerte psíquica: la desaparición del sujeto, de un “Yo” en formación. El recién nacido necesita que alguien le suministre las herramientas vitales y, a la vez, funcione como pantalla protectora ante el desborde de estímulos que lo bombardean. Está invadido por una cantidad de angustia excesiva, y su aparato psíquico todavía no puede procesarla. Este pánico es llamado “la angustia inconcebible”. El bebé no sabe qué es. De esta vivencia sólo puede rescatarlo la madre, o la persona que cumpla la función materna.Otra forma en que se manifiesta la angustia inconcebible es la experimentación de una caída sin fin, de un hundirse en un pozo interminable, sin ningún punto de apoyo. Esta es la sensación del bebé cuando no está sostenido, y es una impresión que perdura en la vida adulta, apareciendo esporádicamente en los sueños. Esta vivencia angustiante ante la falta de sostén se observa cuando los pediatras controlan el “reflejo de Moro” o “reflejo de pánico”, chequeo pos natal que les indica el normal funcionamiento del sistema nervioso central. Consiste en sostener al bebé y soltarlo en un movimiento súbito. El pequeño se asusta con todo su cuerpo: abre los brazos con las palmas hacia arriba y los pulgares flexionados, y presenta una mirada de sobresalto. A medida que el reflejo termina, retrae los brazos hacia el cuerpo con los codos flexionados y se relaja. Otro ejemplo de esta necesidad de contención se aprecia cuando el recién nacido repta en su moisés hasta que la cabeza toca las paredes: es su manera de ponerle un borde a la realidad. Sostener al bebé en los brazos, o armarle un huequito contenedor para dormir, hace que la vivencia de caer para siempre se acote, y pueda tolerarla. Otro disparador de la angustia inconcebible es haber nacido en un mundo sin sentido. Los adultos damos por sentado el significado de las cosas, pero para quien no comparte un código de comunicación, las formas de este mundo no tienen una definición por sí mismas. La única manera de que el bebé tenga algo que ver con este mundo es que la mamá, o quien cumpla la función materna, se lo presente y traduzca. La manera en que se manipula a un bebé, se lo viste, se le habla, se lo acaricia, se lo baña, se lo toca, le enseña todo acerca del universo que lo rodea, y le permite integrar su psiquis con su cuerpo. Winnicott define como “madre suficientemente buena” a la que es capaz de hacer de pantalla filtradora de estímulos, acompañar al bebé con el sostén, manipularlo y presentarle el mundo. Por estas vías la angustia del bebé se amortigua, y le permite sobrellevar algo que sino lo arrasaría: sentir que se está todo el tiempo al borde de la muerte.
http://www.101maneras.com.ar/