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lunes, 25 de abril de 2016

Los Enemigos del Desarrollo Infantil Saludable


Nota: en el  artículo hablo de “bebé” y “niño”, pero me estoy refiriendo a niños y niñas.

Criar un bebé es una tarea difícil, por varios motivos: para el bebé es difícil ser bebé, y para el adulto, es difícil acompañar a alguien que lo está pasando mal. El bebé emite señales y el adulto debe interpretarlas, éste y no siempre lo logra.
Para colmo, vivimos en una época en la que los conceptos acerca de la crianza son diversos, diametralmente opuestos me atrevería a afirmar. Se suelen encontrar artículos en los que se recomienda dejar llorar al bebé para que “no le tome el tiempo al adulto”, y otros en donde se fundamenta por qué hacer semejante cosa es perjudicial para el niño.
Se recomienda estimular al bebé para que desarrolle sus potencialidades al máximo, y otras voces desrecomiendan rotundamente la estimulación, porque explican que en realidad limita el desarrollo. Y así las jóvenes madres se encuentran en la disyuntiva de elegir de acuerdo al fundamento con el que se identifican, aquél que les hace más sentido, o quizás aquél que ha primado en su familia como hábito de crianza, sin cuestionamiento alguno acerca de sus posibles efectos.
No ha de faltar el temido comentario del entorno mayor “a ti te hemos criado así y bastante bien has salido” o lo que es peor aún, cuando los mismos padres justifican enfoques nocivos de crianza con el “a mí me han criado así y soy una persona de bien”.
Pero, entonces ¿cómo saber? ¿qué está “bien” y qué está “mal”?
Existe al menos una respuesta inequívoca que nos puede guiar en todo momento, y esta respuesta es LA FISIOLOGÍA. La fisiología es el comportamiento espontáneo del organismo para regularse y desarrollarse. Es inequívoca, indispensable e inevitable. Tiene una expectativa que debe ser satisfecha. Un ejemplo muy sencillo de la necesidad de satisfacción de la fisiología es el sueño. Si no llegamos a dormir la cantidad necesaria de horas, comenzamos a debilitarnos, a fallar en nuestras acciones y si seguimos sin respetar esta necesidad, finalmente redundamos en un deterioro generalizado de la salud.
 Si nos alejamos de ella, enfermamos físicamente. Si nos seguimos alejando, enfermamos psíquicamente.
Dos errores graves que los adultos cometen durante la crianza de sus hijos.
1 NO ATENDER LAS SEÑALES DEL BEBÉ.  
Hablando acerca de lo que un bebé necesita, desde el punto de vista de la fisiología, es contacto permanente con el cuerpo de su madre, lactancia a respuesta, atención personalizada (por ejemplo durante el cambio de pañal, no hacerlo de manera mecánica ni estandarizada, sino contándole al bebé qué se le está realizando en su cuerpo). Todas estas satisfacciones lo convertirán en un ser seguro, porque las respuestas que obtiene de su entorno le confirman lo que estuvo sintiendo. Un bebé que llora por el motivo que sea (hambre, sueño, miedo) y no es atendido, comienza a confundir sus propias sensaciones, con válidas o no válidas. Porque si fuesen válidas, serían atendidas, ¿verdad? Y entonces si nadie se ocupa de ellas, es que lo que le ocurre no es importante, o no es correcto que le ocurra. Con el tiempo, el bebé aprende a no emitir señales de disconfort. Este patrón de “no pedir”, de sumisión ante el disconfort, ya está formateado en su cerebro y a menos que en su vida consciente pueda observar que se trata de un aprendizaje forzado, pero antifisiológico, y por lo tanto trabajar para revertirlo, esta persona estará en realidad preparada para someterse a las decisiones de otras personas, por más caro que sea el precio a pagar por esta sumisión.
No atender las necesidades del bebé conlleva a consecuencias gravísimas, muchos autores se han ocupado de describirlas, sólo he apenas esbozado con ligereza un tema que ha sido descripto en volúmenes enteros.


2 LA ESTIMULACIÓN
Este punto es muy extenso y aparentemente muy controversial. Sugiero que se lo lea con detenimiento para no perder detalle, porque será muy necesario tener claros los argumentos para poder esclarecer la posición tomada al respecto.
Creer que el bebé necesita ser estimulado para desarrollar su potencial es la idea que más difusión tiene hasta el día de hoy. Ya sabemos que dejar llorar a un niño es nocivo para su cerebro. Hay estudios que lo confirman. Incluso datos duros, imágenes cerebrales de niños expuestos al llanto y sufrimiento que demuestran que su cerebro tiene un desarrollo más pobre que aquel niño que conoce las respuestas adecuadas a sus necesidades. Pero sobre la estimulación, no hay mucho desarrollado aún, o al menos que esté masivamente difundido. En todas las carreras enfocadas a los tratamientos de personas de cualquier edad con algún déficit, la orientación siempre es a la estimulación. Soy Musicoterapeuta y doy fe de ello. Las profesionales formadas (y formateadas)  en otras carreras análogas (terapia ocupacional, estimulación temprana) dan cuenta de este enfoque. “El niño tiene que“es el mandato silencioso que tienen en su cabeza todo el tiempo. Considero necesario definir a qué llamo “estimulación”. Es una experiencia artificial, no creada por el niño, pero sí para él, destinada generar una respuesta que satisfaga al adulto o a las expectativas que el adulto tiene de determinado niño o de un grupo. Se basa en los resultados a los que un niño llega, o a niveles evolutivos esperables (estimular a un niño a realizar determinado movimiento con alguna parte de su cuerpo, el ejemplo más común es colocar el niño boca abajo para que levante la cabeza y “fortalezca” la musculatura paravertebral cervical), procurando anticiparse a lo que sabe que ocurrirá espontáneamente, y desarrollando una técnica que supuestamente provocará dicho resultado.
 Someter a un niño tanto a sesiones de estimulación como a experiencias estimulatorias lo lleva a creer que no puede lograr nada por sí mismo. Formatea su cerebro en el modo “necesito ayuda”*, yo solo no sé /no puedo/no se me ocurre/no soy capaz.
* Esta combinación con la anterior “cuando necesito ayuda no la obtengo” puede ser catastrófica para el niño, porque lo lleva a un estado de indefensión y sometimientos muy profundos. En definitiva, el adulto lo “ayudará” cuando crea conveniente.
El niño pierde toda libertad de acción y creación. Su mirada queda enfocada hacia el adulto, como pidiendo permiso o preguntando si así “está bien”, está haciendo lo que se esperaba de él.
¿Qué más se pierde? La espontaneidad, la curiosidad, la riqueza de aprendizaje, el orden genuino y la manera en el que el desarrollo iba a ocurrir.
¿Qué se obtiene?
·         Una relación estímulo – respuesta. El niño responde siempre y cuando exista el estímulo. Pero cuando este no existe, ¿qué hace entonces el niño? En el mejor de los casos, pide. En el peor, espera.
·         Pobreza de acciones y de iniciativa: el niño sólo aprendió a ejecutar aquello para lo que se lo ha entrenado. A veces voy a las plazas (a sufrir, sinceramente) y observo a los niños jugar y a sus acompañantes. Muchas veces son sus madres, algunas ocasiones su padres, algunos abuelos y personal doméstico, niñeras, etc. La escena del niño que pierde el equilibrio, cae al suelo, queda inmóvil (ni siquiera atina a intentar levantarse) el adulto se acerca y lo pone de pie como si se tratara de un maniquí, se ha repetido delante de mis ojos con todos los adultos que he mencionado. El patrón instalado es grave: no sabemos si no sabe ponerse de pie, o si no cree que puede hacerlo, o si cree que no le está permitido.
·         Limitación de movilidad. Dos ejemplos:
1.       El gateo es parte indispensable del desarrollo de la motricidad. Es precursor de la marcha en la coordinación y en la gestión del equilibrio. Los niños que son puestos en posición sentada por parte de los adultos no aprenden a salir de dicha posición, porque no construyeron la llegada, no pueden deconstruir la salida. Muchas veces como consecuencia no llegan a desarrollar el gateo. A veces logran desplazarse dando saltitos con el trasero. Otras ni siquiera lo intentan. El adulto determinó que debía quedarse en ese lugar con sus juguetes, y allí queda, a veces horas. O llora.
2.       La colocación en decúbito ventral, desde ahora DV(panza abajo) para que eleve la cabeza y ejercite la musculatura del cuello. El bebé, si es colocado de espaldas, logrará dominar la rotación de su cabeza y el precario equilibrio que implica mantener alineada su columna en sus diferentes segmentos (cabeza, cervicales, dorsales lumbares y sacro-pelvis) antes de animarse a cambiar de posición en el espacio. Luego va tanteando colocarse de costado hasta que finalmente logra colocarse por sí mismo en DV. Para lograrlo, ha elevado sus piernas millones de veces, a tonificado su musculatura abdominal, ha integrado todo su cuerpo en el movimiento. Cuando llega por sí mismo a la posición boca abajo, domina muchas posiciones intermediarias y hace todo de manera voluntaria y electiva. En cambio si es colocado de muy pequeño en DV , el bebé se ve forzado a levantar la cabeza repetidas veces porque la posición resulta muy incómoda (muchos bebés suelen llorar cuando el adulto los coloca en esa posición) interfiere con la respiración, y el movimiento, lejos de ser voluntario, es REFLEJO y defensivo. Lo hace porque no puede hacer otra cosa, pero tampoco puede seguir así. Dicha ejercitación disocia además el funcionamiento de las cadenas musculares. El bebé no integra el movimiento con toda la musculatura paravertebral, porque aún no la “ha conectado” a su conciencia y sus sistema nervioso aún no se ha mielinizado como para lograr dicha conexión. Provoca distensión abdominal (recordar que el bebé necesita abdominales tonificados para lograr sentarse), por lo que finalmente esta posición termina por obstaculizar el desarrollo de la motricidad: el bebé no se sentará, lo sentarán, no gateará, tendrá un equilibrio precario, lo pondrán de pie, lo obligarán a caminar, porque no hace nada por sí mismo y “necesita estimulación”.
BEBÉ QUE HA SIDO COLOCADO EN DV SIENDO DEMASIADO PEQUEÑO. PADECE EL PESO DE SU CABEZA.




BEBE QUE ESTÁ APRENDIENDO A GIRAR SOBRE SI MISMO DE MANERA AUTÓNOMA. OBSERVAR TODO SU CUERPO INTEGRADO AL MOVIMIENTO Y A LA POSTURA





BEBÉ QUE HA LOGRADO DARSE VUELTA POR SÍ MISMO





Finalmente el niño termina haciendo todo, caminar, etc., (recordar, la fisiología es inevitable) y el adulto, en su mala lectura, cree que fue gracias a su intervención.
No ve que la pérdida de la iniciativa lo convierte en esclavo de sus intervenciones, porque el niño pide y demanda que se ocupen de él, porque ha perdido la oportunidad de conocerse y hacer lo que le gusta.
Este tipo de experiencias forma parte de los factores que generan a un niño con poca capacidad para gestionar su frustración, con enorme sensibilidad, que estalla en llanto “de la nada”, que siempre está enojado o con el ceño fruncido, y con predisposición a la violencia.
La frustración es precursora de estas situaciones y un niño cuya fisiología del desarrollo ha sido sistemáticamente frustrada, padece de un desajuste biológico, y también emocional, como describí al principio del artículo.

¿Entonces?
Por último, no estimular no es abandonar. Ni tampoco dejar que haga  lo que quiera. Es acompañar. Estar junto a mientras hace. Pero no hacer-le (sentarlo, rodarlo, etc.). Si el niño no sabe que existe la postura a la que algún día llegará, tampoco tiene la ansiedad por alcanzarla. Disfruta de su aquí y ahora, porque eso es su máximo en este momento. Se permite posarse y transitar su camino con total placer y tiempo para conocerse y conocer el mundo que lo rodea.
El adulto es el responsable de brindar un entorno seguro, vestimenta adecuada, que no limite los movimientos y permita éxito total en su autoexploración, y la del entorno. Mostrará el encuadre, cuál es su espacio destinado a su actividad, con qué elementos podrá experimentar, qué se puede hacer y qué no. Son los niños que llegan a un lugar y observan absolutamente todo el espacio antes de decidir qué hacer. No tienen apuro por abalanzarse, más bien todo lo contrario. Evalúan muy bien dónde están, con quiénes, qué pueden hacer  y con qué. No es desconfianza, es prudencia. Son cuidadosos de sí mismos y de los otros niños. No molestan, y tampoco permiten que los demás lo hagan.
Incluso, respecto de las situaciones de prematuridad, síndrome de down, hipotonía, etc. (diagnósticos ante los cuales hay una indicación casi directa e inmediata de estimulación), tiendo a ver a ese niño como perfecto tal cual es, (no necesita alanzar un ideal) y a observarlo respetuosamente para determinar si realmente es necesaria o no, una intervención. La indicación de intervención debe ser sumamente cuidadosa y destinada a afinar sus habilidades, para ayudarlo a estar más conforme con sus propios resultados. Por lo pronto, deberán ser realizados a un niño que sea consciente de sí mismo, y que él pueda administrar cuánto, cuándo y qué, con el objetivo permanente de que siempre se sienta dueño de su destino.

A veces me pregunto para qué existen tantos cursos de desarrollo personal. He formado parte de algunos, y la mayoría de las personas que participaban, expresaban disfunciones profundas, hablaban de su infancia y de las enormes limitaciones que padecieron por parte de sus adultos. Como para pensarlo.


Ejercicio: comparto diferentes ejemplos de actividad autónoma y actividad dirigida.
Observarlos y preguntarse cuál genera sensación d comodidad y placer, o frustración y malestar. Bien, ahora imaginar lo que podría producir en el propio niño.
 4 horas de juego en 5 minutos un bebé hace de todo, sin intervenciones del adulto.
un encuentro de juego libre niños que se organizan en el juego de manera autónoma

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Las Ayudas Que En Realidad No Lo Son

Cuando veo a los adultos llevando a sus bebés caminar tirando de sus bracitos, me viene un sentimiento fortísimo de desesperación interna. Soy consciente de los riesgos que conlleva ese hábito, y no soy capaz de decírselo.
Es tremendamente violento que un desconocido se acerque, aún con las mejore intenciones, para "darte una mano" y termine haciéndote sentir obsoleto, poco idóneo o simplemente mal padre o madre.
¡Qué enorme contradicción ver un daño en curso y no poder actuar!

Muchos conocidos míos coinciden en describirme como una persona un poco exagerada. Coincido con ellos. Exagerada. ¿O Apasionada?Cuando hablo de daño en curso, tengo mis razones, y son varias. Algunas a corto plazo, otras a mediano y largo plazo.
Por ejemplo, en esta foto, esta niña parece disfrutar de la actividad y no hay aparentemente nada malo que pueda estar ocurriéndole. Sin embargo hay un detalle a mencionar. Ella está caminando gracias a una ayuda externa, a la que debe adaptarse. Y está creando un patrón corporal, ya que está caminando por primera vez.
Estar de pie, vertical, es posible gracias a haber podido lograr sostener todo el cuerpo por completo, con todos los ajustes del equilibrio que esto implica. Sin embargo, cuando el equilibrio se logra mediante una intervención, de alguna manera el esquema se altera. El niño ya no sabe estar solo. Ahora se ha vuelto reactivo. Espera la ayuda. Pide la mano. El adulto muchas veces se justifica "él me lo pide". Yo me pregunto quién se lo propuso primero.

En esta imagen, por ejemplo, se aprecia que la niña no sólo no está en un equilibrio armónico, sino que es evidente que no lo está disfrutando en absoluto.

 El adulto tampoco puede realmente pasarla demasiado bien: se lo ve obligado a estar inclinado, con evidentes exigencias antifisiológicas para su propia columna vertebral. Amén de no poder hacer otra cosa que llevar a la niña de las manos. (Adulto en modalidad anti manos libres.)
Imaginemos por un instante que el adulto se ha cansado de la situación y ha decidido soltar a la niña. ¿Qué ocurriría? Es claro que ella no quedaría en una situación muy satisfactoria. Ya nadie la sostiene. Ya no puede ni siquiera ejercer la resistencia enorme que se ve en la imagen. Una desregulación clara.

También es visible otra consecuencia adaptativa a la intervención del adulto: la posición de los brazos. Nadie camina así por la vida, con los brazos a la altura de los hombros. Es evidente que los niños que vemos en estas imágenes están siendo intervenidos por los adultos, y se generan en su esquema de postura y movimiento claras respuestas reactivas que los desvía de la construcción de un eje organizado, armónico y autónomo.
Otro riesgo es la posibilidad real de generar una luxación de la articulación del codo o del hombro. Los traumatólogos infantiles son los que insisten con evitar la práctica de levantar a los niños por los brazos. De ninguna manera los delicados bracitos infantiles están capacitados para sostener todo el peso corporal de un niño. ¡Y mucho menos colgando de ellos! Son articulaciones sumamente blandas que sobre todo hay que cuidar si exponerlas a exigencias tales como este tipo de hiperextensiones,

Ver y hacer esto todo el tiempo
 no lo convierte en saludable
¿Cómo es la experiencia
antigravitatoria de esta niña?
¿Qué noción de verticalidad está desarrollando?
Muchos se preguntarán qué ocurriría si el adulto no interviniera en el niño. Dudan de si éste realmente lograría ponerse de pie, y luego, caminar. Sin recibir jamás ayuda.
Y la respuesta es Sí. ¡Y mejor que nunca!
Un niño que gestiona sus propias posturas siempre elegirá la mejor. La más eficaz, la más cómoda, la más placentera.
Un niño que ha desarrollado su motricidad de manera autónoma difícilmente se ponga en riesgo, porque conoce bien sus propios límites.
Sabe hasta dónde. Cómo. Cuándo.
Tiene sentido de la fuerza propia, del cálculo y de la oportunidad.
Es un niño que conoce la autoregulación, desarrollada por su propia experiencia corporal. No tiene que satisfacer las expectativas de nadie. No necesita la aprobación de nadie (también me duelen los oídos cada vez que escucho "¡muy bien!!"). Sabe perfectamente lo que puede y lo que no, lo que quiere y lo que no, lo que va pudiendo y cómo. Administran constantemente su actividad.
Suelen ser niños sumamente entusiastas, satisfechos y en paz consigo mismos y con su entorno. Nadie les debe nada. Nigún adulto se cansa de llevarlo de los bracitos, porque sencillamente no lo hacen.
El adulto interactúa CON el niño, no actúa SOBRE el niño.

Un mundo de diferencia,
Antes de erguirse: el equilibrio comienza en cuclillas.












Primeros pasos mientras mamá mira.
                                     

Un equilibrio perfecto, armónico y eficaz: ella no debe
luchar contra nada. NI contra la gravedad ni contra las falsas ayudas.

















Después de leer mis reflexiones, ¿se entiende mi pasión?
¿Y mi torpeza, cuando no puedo evitar un comentario de suegra en la plaza?
Lo juro, ¡es con las mejores intenciones!


"Cualquier ayuda innecesaria es un obstáculo para el desarrollo verdadero."

 María Montessori.

domingo, 12 de mayo de 2013

¿Qué es el enfoque Pikleriano?


Crianza

¿Qué es el enfoque Pikleriano?

La respuesta a esta pregunta abre otras preguntas. ¿Se trata de un abordaje corporal del niño? ¿De una propuesta de crianza? ¿Se enfoca en el desarrollo motriz? ¿En el desarrollo emocional? ¿Educativo?

Podríamos comenzar por saber qué quiere decir “Pikleriano”.  Emmi Pikler fue una pediatra que se desempeñó en Hungría en el siglo pasado como médica familiar, hasta que comenzó a dirigir un orfanato. En la Hungría de la posguerra aparecieron cientos, miles de bebés de los que en muchos casos poco, o nada se sabía. Padres muertos en la guerra, hijos de enfermos de tuberculosis que preferían abandonarlos antes que someterlos al proceso cruel de su enfermedad. Esto fue una tragedia muy común en la posguerra y se abrieron muchísimos orfanatos en toda Europa. A diferencia de otras instituciones  de Europa del este de la posguerra, E.P. definió como una calidad de excelencia para la atención de los niños, la posibilidad de desarrollar en los niños el apego, aunque fuera un “apego institucional”.
Ella pautó que los bebés recibieran de manera imprescindible una atención privilegiada basada en la calidad del vínculo. Quizá una cuidadora se podría dedicar a cada niño sólo sesenta minutos de todo su turno de 8 hs con los 8 niños que cuidaba. Pero ese momento de exclusividad era de una calidad extraordinaria en la atención que el niño recibiría. Esto implicaba higienizarlo (o alimentarlo) con mucho cuidado, llevando a cabo las cuidadoras los movimientos diseñados por E.P. (casi como una coreografía) para que cada niño supiera siempre por dónde comenzaban a tocarlo, y de esta manera, él podía prepararse y participar activamente del momento. Esta atención exclusiva ponía énfasis en el niño y no en la cuidadora: “cómo te ha crecido el pelo”, “¡vaya, cómo estás jugando!”, “te gusta esta camisa, ¿verdad?” son ejemplos de comentarios que enriquecen el intercambio corporal entre cuidadora y bebé. El niño luego volvía al espacio de juegos lleno de esa experiencia y de referencias personales que le servían para construir un registro profundo y certero de su existencia, a pesar de no tener mamá.

 ¿Y cómo pasaban los niños el resto del día? En un espacio de juego, término que para los educadores clásicos debe ser traducido o reinterpretado. El espacio de juego no es un espacio de recreación, aunque para el adulto distraído eso parezca.

 El juego es en realidad, el trabajo del niño. No es lo que los adultos llamamos cómunmente juego, un “como si”. Para ellos jugar, ES. Y ese espacio de experimentación sólo puede ser realmente aprovechado cuando el niño, además de tener sus necesidades de supervivencia satisfechas, tiene también las emocionales y vinculares. En la casa cuna de la calle Lóczy los niños se la pasaban experimentando. Y ¡vaya si lo hacían! E.P. constató a través de múltiples observaciones (que más tarde devinieron en investigaciones de carácter único) que los niños desarrollaban su motricidad de manera personal, en una evolución constante y exquisita, en donde cada logro “corporal” era sólo la cara visible de la construcción del ser en su totalidad. Un niño que conoce muy bien dónde está, con quién, que no tiene ninguna preocupación, que es feliz, por el solo hecho de existir, que no siente que debe complacer a nadie, ni “portarse” de determinada manera, no tiene distracciones de su verdadero trabajo y sólo se ocupa de desarrollar su potencial al máximo.

PIkleriano significa entonces un gran conocimiento por parte del adulto de las etapas de desarrollo de un niño durante el periodo primal, en todos sus planos: emocionales, físico-fisiológicos, cognitivos. Y a su vez un enorme respeto por el desarrollo progresivo y personal, y el interés que cada niño manifiesta durante el mismo.

Pikleriano implica brindar un espacio en donde esto pueda ocurrir, sin obstaculizadores de ninguna clase. Ni en la vestimenta, ni en los elementos, muebles, juguetes (ni siquiera la vajilla), ni el entorno lumínico-sonoro.

Representa un adulto entendiendo el punto de vista del niño, un adulto que no procura obtener un resultado, sino que se enfoca en el interés y capacidades del niño y en su “aquí y ahora”.

Pikleriano a su vez no es dejar al niño hacer lo que desee mientras uno sea amable con él. También incluye la visión que el adulto tiene del niño. Brindar un encuadre de acción y de intercambio con pares  en donde desarrollar el potencial al máximo no signifique transitar caminos riesgosos, lastimarse o lastimar a otros.  La anticipación ante situaciones potencialmente peligrosas, y la asistencia al niño cuando las atraviesa (por ejemplo cuando aprende a subir y bajar las escaleras) sin interrumpirlo pero tampoco exponiéndolo a riesgos evitables.

Es orientar el potencial, no limitarlo.

Emmi Pikler pedía expresamente que no se hablara de “método”. Justamente porque “método” insinúa una serie de pasos que deben seguirse para obtener un resultado, muchas veces torciendo o desvirtuando la naturaleza de aquello que es “metodizado”.

En este caso es todo lo contrario: los resultados son en realidad pautas de observación de un proceso natural y fisiológico, que ocurre gracias a la maduración cerebral más las condiciones adecuadas (emocionales, vinculares, espaciales, etc.) para que esto ocurra.

Además de todo lo descripto, falta señalar un último detalle, que quizá debería ser el primero:

El placer, estado de alegría, interés e iniciativa con el que se ve a los niños simplemente vivir. Descubrir el mundo, regodearse en el desarrollo de sus propias destrezas por el simple placer de constatar lo que es un logro propio, con mérito auténtico de haberlo hecho uno mismo.

El placer es compartido por el adulto: porque éste ve el resultado de su trabajo en el rostro y competencias aumentadas del niño.

Es como si fueran socios: el adulto dice “yo estoy contigo mientras tú haces lo que necesitas y puedes para desarrollarte”. Y el niño dice “yo estoy muy tranquilo si me siento acompañado y al mismo tiempo nadie me exige nada y puedo dedicarle el tiempo que necesite para entender cómo funciono”. Y ambos se dicen “gracias, te felicito” al unísono.

Melina Bronfman es Musicoterapeuta, Terapeuta corporal (Eutonista) y Doula. Se capacitó en el Instituto Pikler Lóczy en 5 oportunidades accediendo a los módulos sobre educación y desarrollo 1 y 2, juego, límites sin violencia y enfoque familiar. Personalmente además descubrió que la metodología pedagógica coincide con lo conceptos que se intentan difundir: los participantes a los cursos suelen descubrir y ampliar su potencial. Con mucho placer.